Adam Smith fue un economista y filósofo escocés (1723-1790) cuyas ideas siguen guiando hoy los mercados globales. En su obra cumbre La riqueza de las naciones (1776) introdujo la famosa metáfora de la «mano invisible»: como él mismo escribió, los individuos “solo buscan su propia seguridad, su propia ganancia” y sin saberlo son conducidos “por una mano invisible a promover un fin que desconocían”. Este concepto, junto con el énfasis en el libre mercado, revolucionó el pensamiento económico. De hecho, la primera edición de La riqueza de las naciones se agotó en sólo seis meses tras su publicación. Para entender cómo surgió esta idea y por qué sigue siendo tan influyente, vale la pena conocer el mundo de Smith, su historia personal y el legado que nos dejó.
17 de enero 2026 • 8 minutos de Lectura
El mundo antes de Adam Smith
A mediados del siglo XVIII el panorama económico europeo era muy distinto al actual. Imperaba el mercantilismo: los gobiernos buscaban acumular metales preciosos, fomentar exportaciones y prohibir importaciones, creyendo que la riqueza era finita y un juego de suma cero. Se pensaba que el Estado debía intervenir mucho en la economía, protegiendo industrias nacionales y coloniales. Smith creció en una Escocia todavía ajustándose a la Unión con Inglaterra (1707) y a las revueltas jacobitas, donde predominaban la agricultura y las manufacturas incipientes. Sin embargo, también se vivía un ambiente de Ilustración: nuevas ideas en filosofía, ciencia y política recorrían las universidades y salones escoceses. Figuras como David Hume, Lord Kames o Adam Ferguson discutían libre pensamiento, lo que atrajo al joven Smith. Así pues, antes de Smith existía una economía rígida de monopolios y aranceles, y una sociedad donde la riqueza se medía en oro y tablas comerciales. Fue en este contexto agitado que Adam Smith forjó sus conceptos de mercado abierto y competencia.
El camino del héroe de la economía
Adam Smith nació en 1723 en Kirkcaldy, Escocia. Quedó huérfano de padre antes de nacer y fue criado por su madre, una mujer fuerte y culta. A los 14 años ya destacaba académicamente: en 1737 ingresó directamente al tercer curso de la Universidad de Glasgow, donde estudió lógica, metafísica, filosofía moral y natural. Sus profesores, como el matemático Robert Simson y el filósofo moral Francis Hutcheson, lo marcaron profundamente. En 1740 ganó una beca para Balliol College, Oxford, donde pasó siete años leyendo todo tipo de obras en la biblioteca Bodleian. Aunque encontró el ambiente de Oxford menos estimulante que Glasgow, volvió a Escocia en 1746 con una formación filosófica sólida.
Tras breves estancias enseñando en Edimburgo, en 1751 Smith fue nombrado profesor de Lógica y Metafísica en Glasgow, y al año siguiente asumió la cátedra de Filosofía Moral vacante de su mentor Hutcheson. Allí consolidó su reputación intelectual y atrajo a muchos alumnos. En 1759 publicó su primer gran libro, La teoría de los sentimientos morales, que ya planteaba que el ser humano tiene inclinaciones altruistas además de egoístas. Como él mismo anotó: “por más egoísta que quiera suponerse al hombre, hay en su naturaleza elementos que lo hacen interesarse en la suerte de los otros” Paralelamente, en sus clases de economía comenzó a esbozar ideas sobre comercio y riqueza que darían forma a su obra futura.
En 1764 dejó temporalmente la universidad para servir de tutor al joven Duque de Buccleuch en un gran viaje por Europa. Este periplo resultó clave: en París conoció a los fisiócratas franceses François Quesnay y Anne-Robert Turgot, economistas que postulaban el libre comercio y el orden natural de la economía, influyéndolo notablemente. También se reunió con figuras de la Ilustración como Voltaire. De regreso, asesoró en Londres al político Charles Townshend. Finalmente, Smith regresó a Escocia decidido a plasmar sus ideas. Pasó varios años escribiendo intensamente La riqueza de las naciones desde 1767 y la publicó en 1776, momento en que gozaba ya de renombre; la primera edición se vendió en cuestión de meses.
Durante toda su vida, Smith fue un hombre modesto y algo distraído: contemporáneos contaban que era «ausente de la realidad», pero dotado de un fino ingenio. Vivía con su madre y sus primos en Panmure House (Edimburgo), donde organizó tertulias con otros literatos y filósofos de la Ilustración escocesa. Él mismo bromeaba: “no soy bello más que con mis libros”, haciendo alusión a su vasta biblioteca. No se casó ni tuvo hijos, dedicando su existencia a pensar y a enseñar. Murió en 1790 en Edimburgo, dos años después que su madre, y fue enterrado en el Canongate Churchyard. En su testamento pidió que sus manuscritos inéditos fueran destruidos, por lo que sus planes finales (historias de gobierno, leyes y literatura) se perdieron para siempre.
La contribución inmortal
Adam Smith dejó aportes esenciales que cambiaron para siempre el estudio de la economía:
-
División del trabajo y productividad: Smith ilustró el poder de la especialización con su célebre ejemplo de una fábrica de alfileres. Allí mostraba que *“10 personas, trabajando cada una en tareas distintas, podían producir 48.000 alfileres al día; mientras que cada persona, por sí sola, no lograría fabricar ni una docena en el mismo tiempo”*. Este notable salto en productividad surgía de dividir el proceso en muchos pasos simples. Smith observó que cuando la producción se fragmenta, la destreza individual aumenta la eficiencia y abate los costos. En su libro destacó cómo la división del trabajo –desde la fabricación textil hasta la agricultura– era la clave para la prosperidad económica de una nación.
-
El valor y la renta nacional: En La riqueza de las naciones definió el valor de un bien en términos de trabajo incorporado, anticipando parte de la teoría del valor-trabajo. Para Smith, el valor de mercado de un producto dependía del costo de los salarios, rentas y ganancias necesarios para producirlo. Además, fue de los primeros en analizar cómo se divide la riqueza nacional entre asalariados, terratenientes y capitalistas. Su análisis pionero de salarios, alquileres y beneficios sentó las bases del pensamiento económico clásico.
-
La mano invisible y libre mercado: Quizá su idea más célebre es que la búsqueda del interés propio puede generar beneficios sociales imprevistos. Como escribió Smith, la competencia entre individuos los guía “por una mano invisible” hacia un fin general próspero. En la práctica, esto significa que si a los productores les conviene abaratar precios o mejorar calidad para ganar clientes, ello acaba favoreciendo al consumidor. Smith mostró que un sistema de mercado con libre competencia (lo que llamó “libertad natural”) tiende a equilibrar precios y asignar recursos eficientemente sin planificación centralizada. Fue un crítico acérrimo de los monopolios y las restricciones mercantilistas: advirtió que los privilegios estatales –como aranceles o carteles– elevaban los precios y frenaban la innovación. Proyectó que solo reduciendo barreras y dejando actuar al mercado se obtendría riqueza general para todos los estratos sociales.
-
Teoría moral de la economía: En La teoría de los sentimientos morales (1759) Smith estableció que los mercados no operan en un vacío ético. Propuso la figura del Espectador Imparcial y defendió que el hombre posee empatía y bondad innatas. Como él explicó, incluso el ser humano más egoísta tiene “elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros”. Smith creía que el autocontrol moral (la conciencia) y la compasión limitaban los excesos del egoísmo. Este fundamento moral fue el complemento de sus ideas económicas: un ciudadano motivado solo por la ganancia puede mejorar la sociedad, pero siempre dentro de un marco ético. Esta postura humanista lo llevó incluso a condenar la esclavitud, señalando con indignación que ningún “negro de la costa de África” merecía la opresión cruel que sufría a manos de sus amos.
En resumen, La riqueza de las naciones fue el primer tratado sistemático de economía política en la historia. Smith combinó economía, filosofía y matemáticas para proponer un modelo integral: defendió el trabajo como fuente de valor, la competencia como reguladora económica y la intervención estatal mínima como norma general. Sus ideas sentaron las bases del liberalismo económico y precedieron a autores como David Ricardo o John Stuart Mill. Pese a ello, Smith no fue dogmático: advertía que el Estado debe intervenir en mercados fallidos y actuar con prudencia. Su argumento siempre partió del escenario de un “mercado perfecto” donde la libertad produciría el bienestar común, pero conocía sus límites prácticos.
El legado hoy
Adam Smith no es sólo una figura histórica: sus enseñanzas están vivas en muchos aspectos de nuestro mundo actual. Por ejemplo, la división internacional del trabajo (cada país se especializa en lo que hace mejor) es una extensión global de sus ideas. La competencia entre empresas y la mayoría de los acuerdos de libre comercio modernos (desde la Unión Europea hasta tratados comerciales globales) se fundamentan en que “la acción coordinada del mercado” acaba ordenando la economía. Igual sucede con la idea de que dejar actuar la “mano invisible” puede generar riqueza: la mayoría de los economistas actuales reconocen que, en gran medida, mercados abiertos fomentan la innovación y la eficiencia económica.
En el siglo XXI Smith inspira debates en varios frentes. En el económico, sus conceptos impulsan la búsqueda de equilibrios de mercado: ¿hasta qué punto debe regularse la banca, la tecnología o la energía para corregir desequilibrios sin estrangular el crecimiento? En el político-social, nos recuerda la importancia de estructuras legales (protección a la propiedad, contratos) para el desarrollo económico. Incluso en áreas como la ética empresarial, la idea smithiana de que el interés propio puede converger con el bien común cuestiona constantemente si las empresas deben tener responsabilidad social o simplemente seguir maximizar beneficios. El emprendimiento moderno toma su impulso de la noción de que buscar ganancias puede generar empleo y progreso para todos. Por ello se dice que Smith, junto a su colega David Hume, sentaron las bases de las economías de mercado que dominan el mundo.
Hoy una estatua de bronce de Adam Smith observa la Royal Mile de Edimburgo, recordándonos su legado cada día. La antigua residencia de Smith, Panmure House, fue restaurada en 2020 como centro de debate económico por una universidad británica, buscando revivir el espíritu ilustrado de Smith. En universidades de todo el mundo se estudian sus libros como textos fundamentales. Y en la vida diaria, desde el precio del pan hasta la economía de las plataformas digitales, sigue operando de forma empírica la división del trabajo y la competencia que él describió.
¿Qué opinas tú? El legado de Adam Smith nos invita a reflexionar sobre las reglas que gobiernan nuestra economía. Hoy discutimos temas que él apenas podía imaginar: monopolios tecnológicos (Google, Amazon), regulaciones ambientales, renta básica o mercados financieros globales. ¿Cómo aplicaría Smith su teoría a estos retos contemporáneos? ¿Crees que una “mano invisible” moderna podría solucionar los problemas de desigualdad o cambio climático? Cuéntanos tu punto de vista: el debate abierto es el mejor tributo a este pionero.
Fuentes: Las ideas sobre mercantilismo y economía liberal se basan en estudios históricos y artículos de enciclopedias acreditadas; los detalles de la vida de Smith están documentados en la biografía oficial de Panmure House; y sus conceptos clave (mano invisible, división del trabajo) se obtienen de La riqueza de las naciones y estudios reconocidos.
Archivo Histórico Cinco Frentes se dedica a preservar y contextualizar los eventos históricos clave que han influido en la conformación del mundo moderno. A través de una lectura crítica de la historia, este equipo aporta una comprensión más profunda de los procesos que han dado forma al presente.
Disclaimer editorial
El presente artículo ofrece un análisis y una interpretación elaborados por el equipo editorial de Cinco Frentes a partir de información disponible y fuentes consideradas fiables al momento de su publicación. El contenido no constituye asesoramiento profesional de ningún tipo. Cinco Frentes promueve el pensamiento crítico, el contraste de fuentes y el debate informado.
Verificación editorial
Este artículo ha sido revisado por el Comité Editorial de Cinco Frentes, conforme a nuestros principios de rigor informativo, verificación de datos y responsabilidad editorial.
Publicamos contenido independiente, sin patrocinio corporativo, sin financiación externa y sin alineamientos ideológicos.
📩 Contacto editorial: [email protected]
Política de corrección
Cinco Frentes mantiene un compromiso permanente con la precisión informativa.
Cualquier error factual detectado es corregido con prontitud, y las actualizaciones se reflejan de forma transparente en el artículo correspondiente.
Editorial de transparencia
Cinco Frentes es una plataforma editorial independiente dedicada al análisis crítico de la actualidad, la política, la economía, la cultura y la sociedad contemporánea, desde una perspectiva histórica y de largo plazo.
Este contenido puede compartirse libremente citando la fuente original: Cinco Frentes.
Apoya este periodismo independiente
Si valoras el pensamiento crítico, el análisis profundo y la información verificada sin condicionamientos, puedes apoyar este proyecto compartiendo el contenido o participando como mecenas.
¿Te atreves a compartirlo?
El criterio también construye futuro.


Comentarios
Publicar un comentario